Hemingwy en El Vedado. La Habana.

 

De nuevo el sol y el calor.  No puedo más que celebrarlo, me dicen que en Galicia no ha dejado de llover en los últimos cien días .  Además el calor me gusta.  He bajado hasta al Habana Libre a desayunar.  Me gusta hacerlo en la cafetería exterior asomado al amplio cruce de la 23 con la L. Además tiene wifi.  Y es navegando cuando me doy cuenta de que se me acaba la tarjeta.  En el Focsa, que está cerca, bajando la M hacia El Malecón, hay unas oficinas de ETECSA en la entreplanta y para allá me voy después del desayuno.  

Mujer con el Granma en el bolso y paraguas de Superman en la 23 con el Habana Libre al fondo. La Habana.

En el Focsa, hago la cola ante la puerta que cierra las escaleras que suben a Etecsa, me aburro, retrato a una familia joven sentada en la acera, las piernas de los que están delante, las cabinas de teléfono azules, un cruce de escafandra de astrononauta y casco de peluquería de señoras.  He retratado muchas cabinas de teléfono y a muchas personas hablando contra una pared o en la calle, porque ya me llama la atención ver a la gente utilizando esos artefactos tan antiguos, tan limitados, tan íntimos, tan de fiar.  Y por un momento siento que procedo de otra época, en la que tenías que pedir a una telefonista que te “pusiera” una conferencia que acostumbraba a tener demora. “Con Madrid tiene una demora de …” podías tener que esperar todo un día.   Y en los pueblos decías el nombre del dueño de la casa en la que estaba el teléfono sino te sabías el número.  Ya he visto en un anticuario a la venta el teléfono de casa de mi abuela.  Y ahora me llama la atención lo fuera del tiempo que están las cabinas de teléfono, mucho más que los Ford o los Chevrolet  de los 50.  Y más que el Focsa, que ha cumplido ya los 60 años, donde sigo esperando a que el señor que está al final de las escaleras, nos vaya dando paso  y nos señale el mostrador al que tenemos que dirigirnos.

Cabinas en el Focsa. La Habana.

La cola avanza despacio y aprovecho para escaparme un instante a hablar con el portero del edificio,  a preguntarle si puedo subir a estas horas al restaurante de la última planta.  Me desilusiona.  Está en obras, están remodelando toda esa planta y cambiando los ascensores. Tardarán meses en reabrir el restaurante.  Y me vuelvo a la cola  y sin la posibilidad, en este viaje,  de subir a la planta 37 y de ver La Habana desde los 130 metros de altura.  Y lo siento, porque el Focsa no es solamente un rascacielos, estaba considerado una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana.

En la cola de Etecsa. La Habana.

Con mis tarjetas de Etecsa, vuelvo atrás, subo la Rampa, enfilo la 23 y me detengo en la placita con wifi que hay después de Copelia para contestar un WhatsApp para el que no  había tenido carga en la tarjeta.  Estoy cerca de un Kiosko de prensa y veo que no deja de acudir gente.  Me sorprende que se venda el Granma, es un ladrillo. Pero es el único que hay.  Hombres y mujeres, casi todos mayores, de más de cincuenta, son los que compran el periódico del Partido Comunista de Cuba .  Cuando acabo con lo mío le pregunto al quiosquero.  Unos 400 granmas y unos 300  ejemplares de Juventud Rebelde, me dice que vende cada día.  Y le creo porque no acaba de desfilar gente con un periódico en la mano.

Leyendo el Granma, junto a Copelia. La Habana.

A última hora de la mañana, paseando por El Vedado, ese ensanche habanero en el que residió lo más granado de la sociedad de los años veinte del siglo pasado –hace ya cien años!- me encontré en el porche de un pequeño palacete a un pintor en plena faena.  No me hubiera detenido más allá de hacerle una foto, pero el anciano que se encontraba a su lado en una mecedora me llamó para invitarme a pasar.  No lo desairé

Vigilando al pintor. el Vedado. La Habana.

Reconocí el paisaje por las montañas redondeadas de Viñales y se lo dije, después de las primeras palabras.  El anciano me corrigió y me dio el nombre de la Sierra en la que, por cierto, me dijo, en ella estuvo luchando el Che Guevara contra el ejército de Batista.  Y me explicó en una breve clase de geografía que Viñales estaba al otro lado de la montaña del cuadro, en la misma sierra, y se entretuvo en señalarme en el aire por donde andaría el circuito por el que llevan a los turistas para enseñarles la Cueva del Indio, los cafetales o las vistas generales desde el mirador.

El Pintor y el cuadro. El Vedado. La Habana.

El pintor me saludó con un gruñido y siguió a su trabajo que era pintar unas diminutas flores naranjas en el árbol que había hecho crecer en un rincón del cuadro.  El resultado no me gustaba mucho así que solo me atreví a decirle, con cierta expresión de admiración, que ya lo veía terminado.  El pintor siguió a lo suyo y el anciano me corrigió diciéndome que todavía le faltaba mucho y me detalló las flores que faltaban y el lugar donde iban a ser pintadas, así como los retoques que todavía tenía que darle. Y de paso me explicó que hacía cada una de las personas que aparecen en el cuadro y lo que se cultivaba en cada plantación.  Frijoles en la que están arando y tabaco en la que el campesino muestra una hoja a un comprador. Creo que estaba a punto de detallarme las conversaciones, cuando se me ocurrió otra pregunta que ya no recuerdo.

Pintando las flores. El Vedado La Habana.

Era hijo de un emigrante canario llegado como indigente a Cuba en el año 1936, me dijo lo de indigente con una sonrisa que revelaba la falsedad del documento, y llegó a ser el dueño de la mayor aseguradora cubana, el Águila Imperial, que estaba instalada en la cuarta planta de la manzana de Gómez Mena.  Ah!  Impresionante, le dije convencido, porque, aunque no lo creáis, sabía de lo que me estaba hablando.

Hotel Manzana. Antes, Manzana Gómez Mena. La Habana.

Los Gómez-Mena eran una de las grandes fortunas de Cuba que alcanzaron ejerciendo como comerciantes, hacendados y banqueros.  

La Manzana Gómez-Mena, tiene su fachada frente a la del Centro Asturiano, que con el Centro Gallego, el más impresionante, son los tres edificios que realzan el Parque Central, en el que podría entrar de manera esquinada El Capitolio.

Hoy ninguno de esos tres edificios se les conoce por ese nombre, el Centro Gallego es el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”, el Centro Asturiano es el Museo Nacional de Arte y la Manzana de Gómez-Mena es el Hotel Manzana.

La Habana.

La Manzana de Gómez Mena construida  en 1917, fue el primer complejo comercial de estilo europeo en Cuba y la primera cuadra de la ciudad enteramente construida para uso comercial.  Cien años más tarde en mayo del año pasado, se reinauguró como el Hotel Manzana, propiedad 100% cubana pero gestionado por la empresa suiza Kempinsky.  El Hotel tiene 232 habitaciones, una piscina en la azotea y unas vistas tan buenas como las del Saratoga.  Por no hablaros de la mujer de uno de los Gómez Mena dinamizadora de la vida cultural de La Habana en la primera mitad del s.XX. , cuando ya las familias más pudientes de la ciudad habían trasladado sus residencias familiares a El Vedado, dejando en La Habana Vieja y Centro Habana sus despachos, sus consultas, sus estudios, y sus negocios.

Ventana en El Veado. La Habana.

Estando en casa del anciano, hablando sobre su vida y la de su hija, que estudió arquitectura en Barcelona, donde reside y trabaja, me llamó Nuestro Hombre en La Habana y quedamos para comer en la calle J, entre la 21 y  la 23.  Ese lugar en el que he comido yo solo las últimas veces.  Una vez allí y viendo que todavía quedaban cuatro mesas por atender nos fuimos a otro lugar donde comeríamos antes y  en el que yo nunca había estado.

Cruzando la 23. La Habana.

Yo comí mal, como suelo hacer en La Habana cuando voy con Nuestro Hombre, pero compartimos mesa con un señor de 83 años que había trabajado unos meses en España aprendiendo en una fábrica de transmisores de tv cómo funcionaban esos aparatos, para, posteriormente,  ser maestro de ingenieros en el funcionamiento y reparación de estos transmisores que están instalados por toda Cuba.  Ahora a sus 83 seguía en el mismo oficio porque, según nos dijo, era necesario para la economía familiar. Lo que me extrañó es que fuera necesario él. Pero no se lo dije. Y me acordé que cuando el Grupo Prisa, el de Polanco, no el de ahora,  compró Radio Caracol en Colombia se encontró cuatro redactores que pasaban de los 80 años formando parte de la redacción de informativos.   Hace muchos, muchos años, cuando yo tenia 49  y me encontraba sin trabajo, me llamaron de una empresa para contratarme, después de aceptar las condiciones tuve que esperar cuatro meses a que el consejo de administración me diera el visto bueno, uno de los socios se oponía, me consideraba mayor para trabajar. 

 

El Vedado. La Habana.

Tal hombre se había sentado a la mesa en la que yo estaba y se había puesto a comer una taza de caldo y un bocata de jamón mientras yo seguía esperando a que Nuestro Hombre trajera la comida que se había ofrecido a recoger en la barra.  Le hablé, no sé si impulsado por mi incontinencia verbal o porque me resultaba violento estar mirando como  comía a mi mesa sin hablarnos.  Le pregunté cómo estaba el caldo y me animo a pedir uno.  Lo hice y me arrepentí nada más probarlo, demasiado caliente para un mediodía de 33 grados. Y así entablamos la conversación que duró hasta instantes después de que liquidase su bacadillo de jamón.

El Vedado. La Habana

Ya desaparecido el instructor de 83 años y solo en la mesa, empecé a enredarme en las tres historias laborales y buscando cual de ellas resultaba más inhumana, menos respetuosa con el ser humano. La del cubano que teniendo jubilación la desechaba, la del colombiano que trabajaba por no tener jubilación o la mía, en la que se me consideraba mayor a los 49 años para un trabajo en el que la edad no importaba.  Cuando llegó  Nuestro Hombre en La Habana con la comida, una vez se hubo sentado, empece por contarle la historia del hombre al que había acompañado mientras comía.  Y de esa historia no pasamos porque el error de haber pedido el caldo acaparó todo mi entendimiento hasta que nos levantamos.

Habana Vieja.

Tras la comida caímos en la tentación, una vez más, de ir a la confitería Almendrares.  Pero fue leve la caída, tan solo un encapotado de dulce de guayaba cada uno.  Por cierto, que el nombre de Almendrares me tiene a mi intrigado, pues no sé si es un juego de palabras o un error ortográfico. 

El río más importante de La Habana es el Almendares, que separa, al final de El Malecón, el barrio de El Vedado del de Playa.  El juego estaría en llamarle a la confitería Almendrares,  de almendra, cuando todo el mundo en una primera lectura leería Almendares, como el río, pues es la palabra a la que están acostumbrados.  Pero por otra parte, puede tratarse de una equivocación por un exceso de perfeccionismo.  Pues los habaneros tienen problemas con la pronunciación de la letra erre, que si está en el final de una palabra la transforman descaradamente en L, diciendo amol, motol, o trabajal y si está en el medio de la palabra la suavizan tanto que a veces no la pronuncian.  Cuando me hablaron del rio Almendares yo dudé si sería Almendrares, pues me encajaba muy bien una letra erre ahí donde creí que había un patinazo a la a.

Pastelería Almendrares. La Habana.

La tarde fue de bochorno tirado en cama con ventilador y aire puesto.  La cena adelantada a poco después de las seis y media y por la noche  al fresco en El Malecón caminando hasta La Habana Vieja y la vuelta callejeando, atravesando la Habana Vieja y Centro Habana.

La calle M con el Focsa al fondo. La Habana.
La 23. La Habana.
La calle L. La Habana.
La Calle San Lázaro. La Habana.
El vedado. La Habana.
El Vedado. La Habana.
Los de delante en la cola de Etecsa. La Habana. col
cruzando La calle L. La Habana.
Kiosko de prensa en La 23. La Habana.
Cruzando la 23. La Habana.
Pastelería Almendrares. La Habana.
Hotel Habana Libre. La Habana.
Edificio La Manzana de Gómez Mena, hoy Hotel Manzana. La Habana.
Edificio La Manzana de Gómez Mena, hoy Hotel Manzana. La Habana.
Recepción. Edificio La Manzana de Gómez Mena, hoy Hotel Manzana. La Habana.
Hotel Manzana. La Habana
Galería comercial en el Hotel Manzana. La Habana.
Hotel Manzana. La Habana

Hotel Habana Libre.  La Habana.